El color del cielo
Abraham Aguilar
Cuento participante de la Antología Zombi II (octubre 2019)
I
El dolor nace de tu vientre y florece en la columna,
ramificándose hacia los brazos y alcanzando la punta de los pies.
—¡Ha llegado la hora! —exclama una
mujer viéndote con euforia en los ojos. Sale del cuarto para luego
entrar con el sacerdote de manos frías y rostro enflaquecido. Él acaricia tu
vientre abultado ignorando tus gritos de dolor que, seguramente, están
atrayendo a las fieras que reinan el exterior.
—¡Precioso el acto de la vida! —exclama
el sacerdote, extasiado—. Hay que preparar el altar. —musita—. No temas, hija:
todo saldrá bien. Tu bebé es nuestra esperanza.
Luego de lo que parece una
eternidad, llegan dos hombres que te levantan y te conducen hacia el interior
de la iglesia iluminada con veladoras; allí, bajo la mirada frívola de los
santos, se encuentra un grupo de personas esperándote.
II
—¡Cierren
bien la puerta! Mujer, apúrate… Atráncale allí. —Tu padre respira
entrecortadamente. Ves que trae el costal vacío: la caza fue mala; a lo mejor
no encontraron conejos o armadillos.
—¿Qué
pasa? ¿Por qué vienes así? —pregunta tu madre, asustada. El hombre se recarga
en la puerta mientras, a lo lejos, oyes el aullar de los coyotes y el ladrido
de los perros.
—Estábamos
en el monte y… esas cosas vinieron… llegaron, venían desde la carretera
—afirma, jadeando. Miras el ancho cielo ennegrecido y te sorprende ver la
cantidad de estrellas que se ven esa noche.
—¿Qué
cosas?
—No
sé, era gente loca que corría. —Tu padre habla demasiado rápido— Venían por
nosotros. Estábamos en el monte. Venían de la carretera. Agarraron a Hilario y
lo tiraron al suelo; lo mismo hicieron con Poncho… empezaron a morderlos y yo
les disparé —señala su carabina—, pero ni siquiera se morían. Jacinto los aluzó
con la lámpara y estaban todos rasgados de la ropa, como si hubieran tenido un
accidente… Eran muchos, muchos. —Tu madre te mira con inquietud. Ella piensa
que el hombre está ebrio y que eso ha sido producto de su imaginación.
—¿Apá,
seguro que usté vio eso? —preguntas, ingenua. Te agarras el vientre de ocho
meses, como nerviosa.
—Sí,
sí, mija. No son mentiras. Jacinto y yo empezamos a correr, pero esa gente venía
detrás de nosotros. Rugían como animales. —El hombre se tira en el suelo y
empieza a llorar, tu madre se queda callada, sin creerlo.
En
ese momento, los lamentos de unas sirenas parten la quietud de la noche.
III
La virgen María te observa con sus ojos vidriosos; sonríe extrañamente mientras te colocan en el suelo de la iglesia, sobre unas
mantas. La gente, curiosa, se mantiene en las bancas y empieza a rezar el
Credo. Te tensas a causa del dolor antes que se acerque una mujer anciana para
tocarte la frente.
—Tienes
que hacer mucha fuerza, mija. El niño viene mal y tengo que acomodarlo —dice.
Sus palabras se oyen ahogadas detrás de las punzadas que fragmentan tu
organismo. La anciana te abre las piernas y luego te agarra el estómago.
Cierras los ojos con fuerza después de ver que el sacerdote se encuentra orando frente
al altar, igual que los demás fieles. Sin embargo, hay un ruido que te
inquieta: el sonido de algunas fieras endemoniadas intentando rasgar las
paredes de la iglesia para acceder al interior y bañar de sangre la noche.
Si
fueras más consciente de lo que ocurre a tu alrededor, verías cómo algunos
hombres se dirigen, presurosos, hacia las puertas de madera que separan a la
iglesia del exterior poblado de muerte y horror. Sí, el pueblo muerto yace al
otro lado de la puerta y amenaza con entrar al templo para exterminarlo todo.
—¡Muerde
esto! —Te ponen un trapo en la boca para callarte. En ese momento, la anciana
te pide que pujes.
IV
Te subes a la azotea desde donde puedes ver al pueblo y a los cerros que lo custodian. Oyes gritos en la lejanía y luego
disparos. Tu padre sigue en el suelo del patio, ignorando el té de pasiflora que tu
madre le ha hecho para calmarlo. Agarras tu teléfono y te das cuenta que no hay
señal. Lo primero que se te viene a la mente es tu esposo, camionero, quien
estaba conduciendo de regreso a casa desde Ciudad de México. El último mensaje
que te mandó decía que la ciudad estaba hecha un caos y que las carreteras
estaban cerradas por alguna razón desconocida.
—Sí,
mujer, lo mataron… lo mordían. —chilla tu padre—. ¿Oyes los balazos? ¡Madre
Santísima, a ver si la policía puede matarlos! ¡Eran muchos! Venían de la carretera…
salían de los carros o no sé de donde chingaos.
—Ay,
viejo, pero… —Madre sigue sin creerle—, mejor vámonos a dormir. ¡Mira cómo
vienes!
—¡NO!
Esas gentes van a venir y nos van a matar. Hay que estar despiertos. Mejor hay
que salir del pueblo. Vámonos a La Palma, al rancho, a lo mejor allá no llegan.
Ellos venían pa acá… venían pal pueblo.
—¿Cómo
nos vamos a salir en la noche, apá? —dices, bajando por las escaleras—. A lo
mejor eran los narcos. —Suena tonto, pero no se te ocurre algo más—, ya ves que
últimamente encuentran más muertos por aquí y tienen sus rivales, o no sé qué.
—No,
mija, esos parecían diablos, demonios; como el chupacabras.
Los
disparos cesan. El pueblo se queda mudo.
V
—Dios dijo que los muertos caminarían sobre la tierra
—exclama el sacerdote—. Por tanta maldad que hay en el mundo, él ha mandado a
esas fieras, a esos demonios, a castigarnos. —Todos guardan silencio. Muerdes el
trapo a medida que la partera masajea tu vientre doloso. Te concentras en la
cúpula de la iglesia y sus pinturas: un Dios de rostro benevolente mira tu
sufrimiento sin importarle mucho—. Por eso murió tanta gente que ahora anda
allá afuera, endemoniada: porque eran malvados que pagan sus pecados de esa
manera. Nosotros, hermanos, somos los únicos sobrevivientes: somos los elegidos
para ir al Reino de los Cielos.
—Amén,
padre.
—¡Puja!
—te dice la anciana, antes de que escuches los lamentos de los demonios que
vienen hacia el templo.
VI
Te vas a dormir pero tienes pesadillas. Dejas a tus
padres en la cocina, rezando frente al sirio casi extinto. Al rayar el alba,
despiertas debido a múltiples gritos que llegan de la calle. Sales y te topas
con tus padres: la mujer se aferra a un rosario mientras el hombre agarra
una escopeta.
—¿No
llegó Felipe? —preguntas por tu marido. Ellos niegan.
—Escuchamos
las campanadas de la iglesia. La gente está yendo para allá. Don Ezequiel, el
vecino, dice que el mundo se acaba y debemos estar en la iglesia cuando llegue
Cristo por nosotros —asegura tu padre.
—¿Vamos
a salir?
Ellos asienten.
VII
—Ya salió —dice la partera.
— venga a nosotros tu reino…
La sangre y placenta que has
derramado forman un charco que asciende hasta tu espalda. Los rugidos de las
fieras han aumentado; lo que no sabes es que algunas caminan en el techo, con
sus espinazos arqueados y los rostros en un extraño rictus de dolor.
— en la tierra como en el cielo…
—¡Quiero
verlo! —exclamas—. ¡Quiero verlo! —La partera te ignora. Tratas de levantarte
pero no puedes. El sacerdote camina hacia la partera que carga un pequeño
bulto—. ¿A dónde lo llevan? —El sacerdote carga al bebé y lo enseña a la
multitud.
— ruega por los pecadores…
—¡Ha
nacido el nuevo Mesías! ¡El Nazareno! ¡El hijo de Dios vuelto hombre,
nuevamente! —grita el hombre. El bebé y tú empiezan a llorar.
— ahora y en la hora de nuestra muerte.
El
sacerdote besa al bebé.
—Quiero
a mi hijo —murmuras.
—¡Todos iremos al Reino de los Cielos! Cristo ha venido otra vez.
VIII
La calle está salpicada de sangre: la ves desde una
rendija en la puerta. Hay personas de miradas perdidas y manos tensas corriendo tras cualquier cosa que se mueva. Se abalanzan sobre los demás para derribarlos y morderlos.
Dos helicópteros rasgan el cielo y
se pierden entre los montes antes de que salgas a la banqueta, acompañada de
tus padres, para correr rumbo a la iglesia.
El
templo está a dos cuadras de casa, en ese trayecto, ves cuerpos tirados en el suelo
y coches impactados entre sí; hay fuego y llanto regados por doquier. Tu padre
les dispara a algunas fieras de miradas diabólicas que salen de casas cercanas.
Cruzas la primera cuadra. Ves a don Toño, el de la tienda, retorciéndose en el
suelo como enloquecido. Luego oyes, a tus espaldas, los gritos de tu madre
siendo atacada por los demonios.
IX
— líbranos del mal...
—Si
los dos criminales, crucificados junto a Jesús, ascendieron al Reino de los
Cielos, ¿nosotros por qué no? Esta noche, Cristo ha vuelto a nuestras vidas a
encarnado en esta criatura… —El bebé se encuentra en el altar bajo los rostros insidiosos de los ángeles de yeso que, hambrientos, lo observan igual que aquellas fieras que
rasgan las puertas de la iglesia.
—¡Aleluya!
Lloras.
X
—Vete, María, vete. —Tu padre te empuja antes de dispararle
a la fiera que ha agarrado a tu madre. Las lágrimas te empañan la vista, pero
no te detienes: sigues corriendo como alma que lleva el diablo. Agarrándote el
vientre, subes las escaleras que culminan en el templo.
Lloras
cuando una de esas fieras intenta seguirte pero es detenida por uno de los
balazos de tu padre; su mirada demoniaca parecía concentrarse en tu vientre que
ahora duele.
Llegas
a las puertas del templo y tocas tres veces hasta que una chiquilla te abre. Al
tiempo, tres helicópteros cruzan, rapaces, el cielo anaranjado.
—¡Déjenme
pasar! —Te jalan al interior de la iglesia.
XI
—Jesús ha venido para ser sacrificado de nuevo y
darnos la salvación.
—La
segunda venida del Creador —gime una mujer.
La
gente se acerca demasiado al altar para contemplar a tu bebé y tocarlo.
—¡Abran
las puertas a los demonios! Que ellos también contemplen la gracia de Dios.
Y
así ocurre: las fieras entran a tropel por las puertas. Te levantas y, con las pocas
fuerzas que tienes, intentas llegar hasta donde se encuentra tu hijo. La cúpula
del techo se parte y desde allí caen más fieras que no dudan en abalanzarse
sobre todos. Llegas hasta el bebé justo antes de que uno de esos demonios tire
al sacerdote al suelo; agarras a tu hijo e intentas buscar alguna salida.
Lloras con el bebé en brazos. Alzas la vista: a través de la cúpula fracturada
contemplas el color del cielo estrellado antes de oír el sonido de unos aviones
y, enseguida, una radioactiva luz blanca que aniquila todo tu mundo.


Comentarios